Cerezos en flor

Posted by Eduardo Flores | Posted in | Posted on 20:18





Lenta pero profunda, Cerezos en flor (Doris Dörrie, 2.008), se clava en el espectador a través de una suerte de contrastes tanto conceptuales como abstractos, con el fin de colocar la felicidad real y verdadera en lo fugaz de nuestras vidas -así como la flor del cerezo que se luce en unos pocos días para después capitular a la ley inquebrantable de la naturaleza,- ante el tedio de las estúpidas rutinas en que nos dejamos la existencia la mayoría de los mortales.

El impacto continuo que trata de mantenernos atados a las dos horas de una película que me atrevería a calificar monorrítmica, es sin duda el cuidado uso de una fotografía que se mueve al son de los contrastes anteriormente mencionados. Por un lado aquello que nos transmite belleza, calma; por otro, las imágenes que nos hablan del día a día atropellado. Podríamos decir, profundizando tal vez más que lo que estas líneas pretendían en principio, aquello que nos brindó Dios frente a nuestra grotesca adaptación medioambiental. Ya digo, metáforas que nos hablan de la felicidad -digamos verdadera,- entendida al modo de los “utópicos” de Santo Tomás Moro, antepuesta a lo superfluo por lo que nos dejamos engañar diariamente.

La supremacía de la imagen sobre la interpretación, impersonal y fría en la mayoría de personajes, exceptuando quizá en momentos puntuales a los protagonistas Rudy y Trudy Angermeier (Elmar Wepper y Hannelore Elsner), equilibra la balanza en la que el peso de la palabra queda perjudicado en favor de un magnífico trabajo de fotografía.

E. F. y otros en la cafetería Celda 211

Posted by Eduardo Flores | Posted in , | Posted on 11:56


...y no consigo resolver el debate que entre dos partes de mi misma persona se mantiene y que se me antoja gilipollez, o me temo, algo peor…


Sucede que cada jornada, entre dos y cuatro de la tarde más o menos, se me puede encontrar maldiciendo en teclas o enfrascado entre las páginas de alguna de mis libretas o de algún libro en cierta cafetería de Cádiz. Y ahí me encuentro.

Mientras las palabras se dibujan torpemente en el monitor del ordenador, justo detrás de mí, en la barra, un señor que conozco por frecuentar él también la misma cafetería para su dosis diaria de alcohol, escucha atentamente como otro personaje no menos peculiar y no menos perjudicado, le explica desde un claro desconocimiento de autor y obra los pormenores de la visita profesional que un mediático escritor hace a la ciudad con motivo de su último trabajo. Lo curioso no es que este explicador no tenga en realidad ni puñetera idea de quién es Arturo Pérez-Reverte. Lo que me sorprende e impide que en esos momentos pueda seguir con la labor en la que me empeño en estas horas de dulce café, es por lo que acierta al respecto del mencionado escritor; algo que presumo –literatura al fin y al cabo- bastante alejado de lo que seguramente sean sus etílicos debates de barra de bar. Además, el otro no pierde punto de lo que éste habla ¿acabarán ambos cogiendo un libro cuando la más que asegurada resaca les permita una débil sinapsis neuronal?


No me parece en absoluto, la laureada Celda 211 (Daniel Monzón, 2.009), tan buena película como se hace constar en todas y cada una de las reseñas que había leído hasta ayer mismo, día en que me propuse ver la película. Pienso que la idea es bastante buena: Un motín carcelario en el que un joven funcionario de prisiones (Alberto Ammann), queda por mano del infortunio, atrapado dentro de las rejas que habría de custodiar. Comparto lo destacable en la ya archivalorada interpretación del personaje de “Malamadre” por Luis Tosar, pero no me parece menos loable la de algunos de los personajes secundarios que interpretan a los delincuentes y drogatas que siguen a éste en el secuestro del módulo en el que se encuentran encuevados,utilizando como rehenes a tres presos etarras.

Casi me atrevería a decir que el personaje, el “Calzones”, que interpreta Alberto Ammann, se carga buena parte de la película por una interpretación poco expresiva, quizá motivada por un error en la elaboración de los papeles.

En definitiva, una película que no considero desechable. Pero eso sí, desmerecedora de tanto premio y por la que es justo romper una lanza por salirse de los tiestos habituales del cine español. Una cinta válida, entretenida, cuyo personaje principal de la trama vive a la sombra de otro por motivos de guión y una más que probable escasa experiencia en el oficio.





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Sobre LA CUARTA FASE y EL SOLISTA

Posted by Eduardo Flores | Posted in | Posted on 15:05



El terror a lo desconocido, de aquello que no somos capaces de asumir como cosa real; a la existencia de un espacio dentro de nuestras mentes, deshabitado por nosotros mismos y al que, de algún modo, pudieran tener otros acceso; el miedo al mito de la vida extraterrestre presentado desde su lado más oscuro; el temor a todo esto y tal vez a mucho más es el objeto de La cuarta fase (The fourth kind, Olatunde Osunsanmi, Universal Pictures).

Alrededor de la entrevista que el propio director hace a la presunta psicóloga Abigail Tyler, se desarrolla, alternativamente, la intrigante historia reciente de ésta, de forma dramatizada en la carne de la exuberante Mila Jovovich, sobre el lecho que proporcionan unas presuntas grabaciones reales que pretenden servir de pilares a un relato que, aunque fantástico, se nos puede hacer creíble siempre y cuando el espectador se muestre dispuesto; al modo de la hipnosis, práctica varias veces repetida a lo largo de la cinta.

La película se sirve de recursos prosaicos como la división de la pantalla o de rótulos para diferenciar las supuestas imágenes reales de las obviamente ficticias. Medidas eficaces que emulan al documental y que por razones que no favorecen a la predisposición a ver la película no comentaré.

En una visión general, La cuarta fase es una película osada que sigue la estética de experimentos cinematográficos que van desde Holocausto Caníbal hasta The Blair Witch Proyect en los que la simulación documental sirve como pretexto para dar vuelo al plano más morboso de nuestra imaginación.

A favor de esta película he de decir que los medios empleados, ferozmente criticados en la mayoría de reseñas, consiguen con un bien alto o justifican un fin en el que el espectador ha de dar paso a la reflexión esotérica o si me permiten, sobre la más que probable vida extraplanetaria y sus posibles intenciones en tal caso.

No encontraremos en ella magníficas interpretaciones o diálogos que nos obliguen a la atención. Sino que se trata más de un ejercicio medido en el juego con las imágenes sobre el poso de la realidad o algo que aspira a serlo. Recomendable en cualquier caso aun si no es el género que más nos pueda llamar la atención, como es el mío.




A veces ocurre que entre el vasto cielo que nos impone el cine de proyección comercial, de pronto, un guiño de poesía se abre paso sin la pretensión quizá de dar más que una simple historia dramática y hermosa.

Es el caso de El solista (Joe Wright, Dreamworks SKG, 2.009), en la que un frustrado periodista, Steve Lopez (Robert Downey Jr) se topa con un músico callejero muy peculiar, Nathaniel Ayers (Jamie Foxx), que llama su atención al recrear, con un violín al que sólo quedan dos cuerdas, algunas notas de su músico preferido, Beethoven.

El hilo argumental que sustenta –a mi parecer bastante bien- la película, se inicia desde tal encuentro y se desarrolla en el camino de la laxa sutileza, con leves pinceladas de poesía visual, en algunos casos sinestésica, no dejando indiferente a los sentidos mientras se disfruta de una historia cuando menos curiosa.

Cabe destacar en el uso de los efectos o recursos cinematográficos el eficaz empleo del flashback como alternativa para mostrar el triste pasado del músico Nathaniel Ayers, así como los planos cenitales de una ciudad de Los Ángeles que se convierte en personaje imprescindible de la cinta, tal vez sin demasiado éxito; añádase un guión (Susannah Grant) -basado en la novela de Steve Lopez- bastante aceptable, enriquecido aún más si cabe con la interpretación veraz de los papeles protagonistas.

El solista nos invita a recapacitar sobre valores y aspectos de la vida como la amistad, la pasión, la enfermedad mental y desde luego, sobre el mundo paralelo que es la indigencia en nuestras ciudades.

Sugiero que no pierdan detalle de las retahílas sin sentido aparente que el músico Nathaniel Ayers vomita a lo largo de toda la historia en sus conversaciones con el periodista Steve Lopez.

Silencio.

Posted by Eduardo Flores | Posted in | Posted on 1:34

Ni el olvido ni la pausa, ni tan siquiera la vida. Sólo silencio. Una voz que es siempre la misma se desborda en los límites imposibles de mi aliento para quedar, agotada a los pies del sendero que nadie ha pisado nunca. Sé que ese camino que reconozco tan mío, tan propio del aire que me aferra como raíces invisibles, tan hijo de la misma carne que las olas de sangre que mi corazón impulsa a veces sin medida, es el mismo camino que a todos se impone inquebrantable como un mismo dolor.

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Si callo aunque sea en el fondo de toda una mentira es porque no lo hago. Porque si en alguna ocasión no he pensado en la palabra sino que he creído en ella como en mí mismo, tal y como me dejo herir y, tal y como produzco el surco rojizo en la vida, ahora, mis dientes mil veces golpeados, generan una explosión titánica de verbos poderosos como los dedos de un niño. Más que nunca creo en estos días en mi llanto, en mi risa; más aún en el espejo pulverizado que reconstruyo día a día ante las fauces de la fiera que espera en cada amanecer. También creo en pequeños volcanes en continua erupción que, lejos de escupirme a los ojos el magma de las manos titubeantes, bañan y doran las frágiles vísceras que en el extremo del amor casi dieron por perdida la batalla jamás comenzada.

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Como quien tiene conciencia de que todo esto escrito pero también, sentido, amado, llorado, reído, gozado y una vez más, escrito; como todo esto también ha sido leído; no quiero, por un respeto preñado de gratitud, puedan pensar que pegado al frío y tétrico tacto del asfalto dormita una toalla de sudores que huelen a caduco. Sólo silencio, como una prolongación del respeto, silencio y la disculpa por una espera que en lo inevitable puede no tener final.

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Mientras tanto pueden pensar, aquellos que me conocen y los que no, casi lo que quieran. Pero, si me otorgan un penúltimo suspiro, sólo les diré que yo desde el silencio, aún sigo.

Entonces.

Posted by Eduardo Flores | Posted in | Posted on 12:59

CON VOSOTROS

Posted by Eduardo Flores | Posted in , , , | Posted on 0:56


Llevadme con vosotros, quiero volver
a mojar los pies en aquel vado de paz en la guerra.
Coged mi mano tan míseramente adulta
y arrastradme al sueño en los manglares,
a los versos de aire y de tierra con vosotros,
para reír de pena dulce con vosotros.
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Llevo en mi carne la vuestra por no poder
arrancar de mis ojos el recuerdo,
de las negras pieles de los ojos negros.
Sois tan hijos míos hoy como lo fuisteis de Ella.
Como lo sois de la pureza que el hombre ha maltratado.
Llevadme con vosotros, quiero volver.

Atardece

Posted by Eduardo Flores | Posted in , , | Posted on 20:37

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Y si atardece, como parece que atardecemos,
como parece que la vida en sí, se encierra
en un cajón despoblándose de pronto.
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Si atardece pasearé,
justo hasta las marismas,
allá, hacia el oeste donde
el astro rey se sumerge en la bahía
para echar a suertes su resurgir.
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Y si atardece, sólo si llegamos a atardecer,
no fabricaremos más eco del dolor,
enterraremos hachas y armaduras.
Soplaré un quejido por cada estrella del cielo.
¡Me arrodillaré! ¡Arrojaré mi cuerpo en reverencia!
¡A un sol muerto! ¡A media asta!
Porque tú y yo atardecemos... atardecemos con él.
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Si atardece en esta vereda entre salinas
provista de alma, nada podrá llevarme ya
al infinito, al horizonte incierto, a vivir un más allá.
No quiero ver que atardecemos.
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Y si atardece ya no más tú conmigo
nunca ya este los dos, sino tú y yo,
yo en una vereda entre salinas,
yo rompiendo cada día en el camino.
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Si atardece alargándose la sombra desde las estatuas.
Qué fiestas la desdicha y la pena.
No te invitarán y tampoco lo harán conmigo
que me desgarro porque atardece.
¡Me arrodillaré! ¡Arrojaré mi cuerpo en reverencia!
¡A un sol muerto! ¡A media asta!
Porque tú y yo atardecemos... atardecemos con él.
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El suelo que pisamos se relame
porque sabe que jamás naceré otra vez
al final de este sendero de delirios.
Y si atardece y si atardece. Si atardece…