Otro fragmento de "No es otro puto libro de autoayuda".
Posted by Eduardo Flores | Posted in novela | Posted on 09:30
.......... Si hay algo que me produce auténtico terror es el tiempo. Mirar hacia atrás resulta a veces como ese tipo de sueños en el que caes por una ventana o por un acantilado y justo despiertas antes de partirte hasta el último hueso del cuerpo. Sorprenderse ante el espejo investigando sobre una incipiente cana en las patillas es igual de aterrador. Los relojes son incapaces de guardar aquello que consumen apartándote del mismo modo de las malas experiencias vividas así como de los momentos en que creíste ser feliz. El presente es una cicatriz sin embargo. Sí, de acuerdo, siempre ando culpando a la vida de esto y de lo otro pero, son las cicatrices las que han deformado mi capacidad de sentir el posible placer de la calma que pueda aparecer bajo la luz de las farolas. Y el tiempo pasa como puedas ver pasar a la gente con que te cruzas mientras caminas por la ciudad. La Tierra gira alrededor del sol y es el olvido de tu nombre entre aquellos que una vez conociste, es, la oportunidad que se deteriora lentamente mientras Dios o el Demonio ríen en la celebración de una tregua; gira sobre su eje, la Tierra, y es tu desamparo ante las agujas homicidas lo que provoca. No sé qué coño quería decir aquel que se hizo tan famoso cuando soltó que el tiempo era relativo. Ese no debía conocer mi historia ni la tuya. ¿Qué pensaría ahora –de poder hacerlo en su tumba- acerca de su sesuda afirmación? ¿Qué tipo de consuelo podría brindarnos una explicación teórica? Para la criatura de a pie lo relativo de las cosas importan bien poco cuando es el pasado lo que te abandona en tu presente para enfrentarte sin más armas que una piel malherida a un futuro que se abre como las fauces de una voraz alimaña.
.......... Recuerdo cierta noche en un recodo de mi cicatriz en que mi pequeño espermatozoide era aún más pequeño. Entré en su habitación y me lo encontré temblando de miedo. Un ruido decía haberlo despertado. Imagino que ante la imposibilidad de protegerse con la ropa de cama decidió llamarme, a mí, que se suponía que ni un ruido ni la oscuridad podían hacerme temer. Con éxito pude tranquilizarle. Una vez que se sintió seguro me preguntó “Padre ¿tú a qué tienes miedo?” ¿De qué manera puedes explicarle a un niño que lo que te hace sentir verdadero pavor es el tiempo? Quedó como una de tantas preguntas a la que no le he podido dar respuestas. Ahora es diferente. Casi siempre suele tener en la recámara su particular mentira aceptable ante cada cuestión que me plantea. No deja de sorprenderme lo desarrollado de su inteligencia a su edad. Eso me tranquiliza aunque por otro lado me inquiete saber que su pánico a la oscuridad aún persista.
.......... Pienso en las garras asesinas del tiempo mientras espero que su cara, distraída en los quehaceres del trabajo, se deje ver por el hueco de una ventana.
.......... Mi juventud no fue sino una tenebrosa borrasca es el primer verso con que Baudelaire inicia su poema “El enemigo”. Conozco de memoria cada imagen, cada recodo desapacible del vómito del poeta que no tiene reparos para matizar sin embargo, a continuación, atravesada aquí y allá por brillantes soles; Ambos versos son mi cubierta en este escondite. Mi excusa jamás explicada a nadie que tenga los cojones de juzgar mi rabiosa locura tornada en desidia. Las tinieblas que nos habitan y que se esconden tras la miradas que dedicamos sin que nadie pueda advertirlas, son tan humanas que cualquiera estaría más que justificado al querer sentirse, alguna vez, como el más vagabundo de los perros o quizá, la rata más miserable. Con brillantes soles entono una letanía casi interminable cada nueva visita, que es como si fuera una primera, en este puesto de soldado cobarde temeroso de la duración de su guardia, de los momentos inmediatamente anteriores a su acto de servicio y al fin, de su relevo, del mismo modo que Proust en Combray en el ritual que cada noche envuelve el beso de su madre. ¿Qué nos queda cuando El viento y la lluvia han hecho tal desastre/ que restan en mi jardín muy pocos frutos bermejos? ¿Renacer quizá? Tal vez todo se trate simplemente de un ejercicio de superación, aunque persistan las cicatrices coreadas por las risas del Creador y Su Majestad Infernal allá en lo desconocido. Me niego, no es cierta tal explicación por más que el poema trate de descubrir brevemente un punto de apoyo que mueva el mundo.
.......... He aquí que he llegado al otoño de las ideas, arranca Charles su segunda estrofa como si alguna vez hubiera podido imaginar otro mundo diferente al suyo y que es el mío, el nuestro, y en el que permanezco sentado, falsamente oculto, maldiciendo precisamente al otoño de las ideas, aquí donde ni siquiera soy capaz de recordar otro cuerpo desnudo de mujer diferente, donde la absenta pierde todo su milagroso mundo de jadeos, clítoris y vaginas de que fui testigo, donde vivo luchando a desgana por otro verso y que es preciso emplear palas y rastrillos ¿Para qué, Charles? Para acomodar de nuevo las tierras inundadas,/ donde el agua horada hoyos grandes como tumbas.
.......... Sólo aquí los soles brillantes permiten sus sonrisas desde álbumes de fotos que habitan en dichas tumbas y que de forma inexorable, la humedad del agua que transcurre con violencia, enmohece. Y por más que un poema –que recito de memoria en este absurdo aquelarre- me cuestione del tal modo Y ¿quién sabe si las flores nuevas con que sueño/ encontrarán en este sueño lavado como una playa/ el místico alimento que haría su vigor? Por más que Charles y yo repitamos a dúo entre la gente que pasa distraída por la calle; con el sonido de fondo del motor de los coches, sus cláxones; en el escenario que es esta ciudad y que podía haber sido cualquier otra; siempre siempre, abandonamos juntos, cada uno por su lado, con un grito mudo en la garganta, que no es más que el final de su poema ¡Oh, dolor! ¡Oh, dolor! ¡El tiempo devora la vida,/ y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón/ con la sangre que perdemos crece y se fortifica!


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